Trabajo Práctico Nro1 : Texto humorístico “Mamá” de Roberto Fontanarrosa
Fecha de entrega 31 de Marzo - Modalidad de la entrega Online - ENTREGA Y CONSULTAS a gabminevitz@abc.gob.ar
Recursos del humor
IRONÍA - Referirse a lo contrario de lo que dicen nuestras palabras
"¡Chicos no hablen tanto que no escucho! [Están todos muy callados]Una madre, viendo que su hijo juega con la computadora desde hace dos horas, le dice: “Pobrecito… ¿No estás cansado de tanto estudiar?”[No estudiaste nada]
HIPÉRBOLE - Exageración de un término llevando el significado a su extremo
"¡ Estoy muerta de cansancio!" [Estoy muy cansada]“tengo tanta hambre que me comería un caballo”. [Tiene mucha hambre]
PARODIA- Se reproduce una situación o un intercambio y se actúa de forma graciosa o exagerada (Las parodias de Scary Movie de las películas de terror)
COMPARACIONES ABSURDAS - Se comparan dos términos dispares utilizando las palabras PARECÍA o COMO, COMO SI .
"Preparó el trago como si estuviera cocinando una receta" [preparó el trago con mucho cuidado y atención]"Él come como un cerdo" [Come de forma poco elegante, come mucho]
METÁFORAS GRACIOSAS - Se comparan dos términos o conceptos con una característica en común pero NO se utilizan las palabras, COMO ni COMO SI.
"¡Esto es un chiquero![Esto está sucio como un chuquero]"Él es un perro" (Cantando) [El canta mal como un perro aullando]
CUESTIONARIO
Primera ParteA - ¿Qué Recursos del Humor utiliza el autor de “Mamá” para darle un sentido cómico al texto a los siguientes párrafos:
1. “En el almuerzo solía llenar su vaso con soda y luego coloreaba la soda con un chorrito mínimo de vino. Cuidadosamente como si fuera un químico elaborando una fórmula altamente explosiva.” Pág 1
2. “mamá no pudo parar de reírse en toda la sobremesa, aunque acabábamos de llegar del entierro de tía Clorinda. Pero era una mujer encantadora. En verdad encantadora. Siempre alegre, siempre dispuesta, pese a todos los problemas que vivimos y al asunto de papá, antes de que se fuera de casa.”Pág 3.
4. “Se le había hinchado tanto la cara que parecía una japonesa” pág 4
5. “Elena siempre fue muy dramática, muy histriónica.” Pág 4 “Siempre fue un poco teatral mi hermana” pág 5
6. “Era muy obsesiva con el cuidado de la casa. Enormemente prolija…” Pag 5
7. “Llegaron a organizar una marcha de protesta contra mamá, un tanto injustamente, porque ella tenía la mejor de las voluntades” Pág 6
8. (El aliento de su madre) “Era como si hubiesen destapado una cisterna cenagosa, con agua estancada, con aguas servidas, una mezcla de solución biliosa con aroma a animal muerto” Pág 6.
9. “ al respirar se le escuchaba un rugido, como el que hace un sillón de mimbre al recibir el peso de una persona”. Pág 7.
10. “Me costó sangre, porque he querido muchísimo a mi madre. Aún la quiero.” Pág 9
Segunda Parte
B - Responder las siguientes preguntas:
1. ¿Quién es el narrador de este cuento? ¿Qué tipo de narrador es (Primera persona, Omnisciente, Tercera persona)
2. ¿Qué libros les lee Dora, la mamá a los enfermos y por qué te parece que a ellos podría no gustarles esa lectura? (Ver Pág 5; Pág 8)
3. ¿Por qué cree el narrador que a su madre le queda poco tiempo de vida? (ver pág 9)
4. Nombra tres acciones de la madre del narrador que contradigan la afirmación final del relato (“Esplendorosa, cariñosa, y alegre”, pág 9)
A continuación les dejo el cuento "Mamá" de Roberto Fontanarrosa
Por Roberto Fontanarrosa del libro "Te digo más
y otros cuentos"(2001)
A mi mamá le
gustaba mucho el trago. No puedo decir que tomaba una barbaridad, pero, a
veces, cuando a la noche se acercaba a darme un beso, yo podía percibir su
aliento pesado por el alcohol. Ella siempre me besaba antes de irse a dormir.
Yo era chico, estoy hablando de cuando tenía 8 o 9 años. Ella se quedaba viendo
televisión hasta tarde y, antes de ir a acostarse, venía y me daba un beso.
Nunca dejaba de hacerlo. En la mayoría de los casos yo fingía dormir. O, si
estaba dormido, habitualmente ella me despertaba sin querer porque se tropezaba
contra los muebles en la semipenumbra. Tampoco podría precisar cuándo fue que
ella empezó a beber con mayor asiduidad. Cuando nuestro padre vivía con
nosotros, mamá casi no tomaba. En el almuerzo solía llenar su vaso con soda y
luego coloreba la soda con un chorrito mínimo de vino. Cuidadosamente, como si
fuera un químico elaborando una fórmula altamente explosiva. Pero lo cierto es
que, esas noches, en ocasiones, yo podía adivinar cuándo se asomaba a la puerta
de mi cuarto por el aliento. Me llegaba una vaharada espesa a vino común. Así y
todo, me gustaba mucho que viniera a darme un beso. Además, musitaba algo, como
una plegaria o una bendición, que yo no llega a escuchar, pero agradecía.
Bebía a escondidas o, al menos,
no lo hacía abiertamente frente a mí. Seguía tomando el vaso de soda coloreada
al mediodía y también a la noche, pero nada más que eso. No sé si tomaría
frente a Alcira, la señora que venía una vez a a la semana a planchar, o en
compañía de Zulema, la vecina del segundo piso, pero al menos frente a mí conservaba
cierto recato. Poco tiempo después, cuando yo regresaba de la secundaria, había
ocasiones en que la encontraba tirada en el gallinero. Tenía un gallinero que
compartíamos con Zulema, en uno de los ángulos de la terraza. Varias veces la
encontré a mamá tirada entre las gallinas, que la picoteaban. No era lindo de
ver. Las gallinas le ensuciaban encima, o ella se ensuciaba con la caca de las
gallinas y, además, se le llenaba el vestido de plumas. Yo no sabía bien qué
hacer en esas ocasiones. Al principio me volvía al departamento y me hacía la
leche yo solo, para no ponerla en el difícil trance de explicarme su situación.
Pero una vez, enojado, la zamarreé hasta despertarla. Me dijo que se había
dormido sin querer, mientras buscaba huevos para la noche; que el sol estaba
muy lindo allí en la terraza. Pero olía espantoso y no sé dónde metía las
botellas.
Compraba, recuerdo, licor de
huevo al chocolate. Las borracheras con licor de huevo al chocolate son
terribles, devastadoras. Había días en que amanecía verde, descompuesta, con un
dolor de cabeza infernal. Me decía que había tomado una copita de licor de
huevo y le había caído mal. Que el hígado le latía. Siempre recuerdo esa
expresión suya, "que el hígado le latía". Era muy ocurrente para hablar,
muy divertida. Pero yo veía, en el cajón de basura, cómo se acumulaban las
botellas. Se escondía para beber. A veces mirábamos televisión -a ella le
gustaba muchísimo el programa de Pipo Mancera- y de pronto se iba al baño.
Sabía que el baño era un lugar eminentemente privado y que yo no me iba a
atrever a espiarla allí, como sí lo había hecho una vez cuando ella se metió
debajo de la mesa del living con la excusa de buscar un carretel de hilo que se
le había caído. Alcé el mantel y la sorprendí con una petaca.
Me empecé a
preocupar realmente cuando se tomó una botella de alcohol Abeja, un alcohol
para desinfectar lastimaduras. Mamá era increíblemente dulce conmigo. Un día yo
me corté un dedo recortando figuritas con la tijera. Desde chico me gustó
recortar figuritas de la revista de modas. De los figurines, como decía ella.
Me salía bastante sangre. La yema del dedo siempre sangra mucho. Ella vino
corriendo con gasa y la botella de alcohol. Me puso alcohol en el dedo y
después, directamente del pico del frasco, se tomó un trago.
"¡Mamá!", la alerté. Mi padre nos retaba cuando nosotros bebíamos
directamente del pico, aun siendo gaseosas. "Es que me ponés
nerviosa", me dijo. Pero después se tomó todo lo que quedaba en el frasco.
Sin embargo, no dio señales de que le hubiese caído mal ni mucho menos. Tenía
bastante conducta alcohólica con el Abeja. No así con el perfume. Un día la
acompañé a una perfumería, después de ir al cine. A ella le gustaba mucho el
cine, en especial las películas de piratas. Vio tres veces Todos los hermanos
eran valientes. Conozco mucha gente que ha visto tres veces una misma película.
Pero ella la vio en un mismo día. Me dijo que quería comprarse un perfume. A la
vendedora le pidió alguno que fuera frutado. Yo no creo que mamá tuviese un
gusto refinado para los vinos. Se había hecho, lógicamente, dentro de los
parámetros de la clase media. Y mi padre no pasaba de los vinos Chamaquito,
Copiapó o Fuerte del Rey. Yo la veía aparecer a mamá oliendo a perfume y nunca
sabía si se lo había puesto o se lo había tomado. O las dos cosas. Era difícil,
sin embargo, verla dando pena o tambaleante. Se dormía con facilidad, eso sí,
como en el caso con las gallinas, o se le ponía un poquito pesada la lengua,
pero nada más. Podría afirmar, por ejemplo, que nunca me hizo pasar un papelón
en alguna fiesta familiar. Yo detectaba un cierto cuidado, una cierta atención
especial hacia ella de parte de mis tías o de abuela Alicia, como decir:
"Sacale la copa a Dora" o "Decile a Dora que pare", pero nada
más. Algún codazo intencionado, a veces, cuando mamá preguntaba por el clericó.
Eso sí, se reía con mucha facilidad cuando tomaba, lo que no dejaba de ser, por
otra parte, un costado simpático de su personalidad. Admito que hubo una
especie de nervio y hasta una suerte de incomodidad en mi tío Adalberto,
durante un almuerzo improvisado en casa de Chuco y Popola, cuando mamá no pudo
parar de reírse en toda la sobremesa, aunque acabábamos de llegar del entierro
de tía Clorinda. Pero era una mujer encantadora.
En verdad encantadora. Siempre
alegre, siempre dispuesta, pese a todos los problemas que vivimos y al asunto
de papá, antes de que se fuera de casa. A la que no le gustaba nada el asunto
era a Elenita, mi hermana. Obvié contar que tengo una hermana mayor que se
llama Elena. Ella se ponía fatal cuando pasaban esas cosas, no soportaba que
mamá bebiera como no lo soportaba a papá, tampoco, por otras razones. En el
caso de papá, creo que tenía algo de razón. Con mamá, en cambio, era
excesivamente dura. Un psicólogo me dijo que mi hermana reclamaba lo que a ella
le correspondía.
No sé si coincido demasiado con
eso. Por suerte, nunca Elenita encontró a mamá tirada entre las gallinas en el
gallinero. Lo que pasa es que mi hermana nunca subía a la terraza, porque decía
que le tenía terror a las alturas y porque aún conserva una extraña alergia a
los animales con plumas. Veía un pollo y se brotaba. Si comía algo que
incluyera gallina, se hinchaba como un globo.
Aunque no supiera que el plato
contenía gallina, lo mismo se hinchaba, con lo que quiero decir que no era algo
meramente psicológico. Un día, tía Chuco, pobre, desconociendo el problema de
Elena, le regaló una gallinita de chocolate para Pascuas, y a mi hermana la
salvaron con un Decadrón. Se le había hinchado tanto la cara que parecía una
japonesa. Los ojos eran dos tajos. Ella, justamente, que siempre ha presumido
de tener ojos muy lindos. Pero mamá le caía muy bien a todo el mundo. En
realidad, el problema de mamá no era el alcohol. Era el cigarrillo.
Fumar sí,
lo hacía públicamente. En eso diría que fue una adelantada del feminismo. Una
activista. Ella me contaba que fumaba desde los 11 años, a instancias de su
padre, que tenía un puesto alto en el ferrocarril Mitre. El padre la convidó
con un cigarro de hoja, muy fuerte, justamente para que le desagradara y nunca
más probara el tabaco, pero ella se envició. Había momentos en que eso sí me
molestaba, porque fumaba mientras comía.
Dejaba el cigarrillo -fumaba
Marvel cortos, negros, sin filtro-, cortaba un pedazo de milanesa, por ejemplo;
lo masticaba, lo tragaba y le pegaba otra pitada al cigarrillo. Tenía el dedo
índice y el anular de la mano derecha amarillos por la nicotina, casi verdes.
Había veces en que mi padre le
reprochaba que fumara durante la comida, agitando la mano exageradamente frente
a su cara, como apartando el humo. "Es mi único vicio", decía mamá. Y
en esos momentos era verdad, pues creo que ella empezó a beber vodka y ginebra
después de que se marchó mi padre, sin que nadie supiera muy bien por qué. Y no
pienso que mamá se lanzara a la bebida para olvidar el abandono de mi padre.
Creo que, simplemente, se sintió liberada y ya pudo hacerlo sin mayores
complejos ni presiones, salvo la actitud recriminatoria de Elena. Elena a veces
se levantaba antes de la mesa, molesta por el humo. Se hacía la que tosía,
incluso, para que no la retaran reclamándole que comiera el postre.
Elena fue siempre muy dramática,
muy histriónica. En casa éramos de una clase media típica. Pero de aquellos
tiempos, cuando la clase media vivía bien, cómoda, tranquila. Al mediodía
comíamos tres platos, por ejemplo. Una sopa de entrada, el plato fuerte y el
postre, que casi siempre era fruta o queso y dulce. Elena tosía, se levantaba y
se iba. Siempre fue un poco teatral mi hermana. Para empezar a fumar, mamá
aprovechaba cuando la sopa estaba bien caliente y echaba humo. Suponía que el
humo de sus cigarrillos se mezclaba con el de la sopa y así se disimulaba.
Sin
embargo, no era abusiva. No era una
persona a la que le importara muy poco lo que pasaba a su alrededor, con sus
semejantes. La prueba es que se ofrecía, en ocasiones, a ir a leerles a los
enfermos. El problema es que les leía sólo lo que le gustaba a ella y tuvo una
agarrada muy fuerte con un estibador que había perdido una pierna al caérsele
encima una grúa portuaria, y a quien mamá insistía en leerle Mujercitas, de
Luisa M. Alcott. Digamos -para que quede claro- cuando papá y Elena insistieron
con sus quejas por el hecho de que mamá fumaba en la mesa, dejó de hacerlo. Así
de simple. Dejó de hacerlo. Fue cuando empezó a mascar tabaco, una costumbre
que yo creía desaparecida con los últimos arrieros. Cuando compraba la fruta,
mamá se traía para ella unas hojas de tabaco, las plegaba, se las metía en la
boca y comenzaba a masticarlas. Es cierto, no producía humo, pero llegaba un
momento en que se le escapaba un hilo de saliva marrón verdoso por la comisura
de los labios, que me desagradaba mucho. Debo reconocer que siempre he sido un
tipo bastante sensible. Y de chico, más.
Con el tiempo,
mamá volvió a fumar. Le molestaba tener que ir a escupir al baño cada tanto,
mientras masticaba tabaco, ya que, cuidadosa, no quería hacerlo frente a
nosotros. Apunto que era muy obsesiva con el cuidado de la casa. Enormemente
prolija, muy aficionada a los mantelitos calados, a las cortinas con encajes, a
los macramés, a las puntillas. Bordaba muy bien. A mí me gustaba mirarla por
las noches acostado en su cama, escuchando en la radio el Radioteatro Palmolive
del Aire, mientras ella bordaba pañuelitos, masticando tabaco.
Era muy hábil para las
manualidades. Después empezó a armar sus propios cigarrillos. Al terminar el
almuerzo se recostaba en una reposera, en el patio, y empezaba a armar los
cigarrillos. Tenía su propio papel, su propio tabaco. Era lindo mirarla
mientras humedecía con saliva el borde del papel, apretaba el cilindrito como
si fuera un canelón minúsculo, lo encendía, entrecerraba los ojos en tanto el
humo subía. Empezó a hacer eso, es claro, cuando tuvo más tiempo, cuando ya
papá se había ido y tampoco le aceptaban tanto que fuera a leerles a los
enfermos. Toda una sala del Clemente Alvarez había hecho una huelga de hambre
contra su presencia. Llegaron a organizar una marcha de protesta contra mamá,
un tanto injustamente, porque ella tenía la mejor de las voluntades.
En esa marcha un anciano, a poco
de intentar caminar, sufrió la dolorosa revelación de descubrir que le habían
amputado una pierna, lo que provocó más animosidad contra mi madre. Pero a ella
no le importaba demasiado. Le bastaba tenernos a mí y a mi hermana, pese a que
Elena también se iría poco tiempo después, cuando mamá le tomó -le bebió,
digamos- un perfume carísimo que le había regalado su primer novio, el imbécil
de Gogo Santiesteban.
Por
cierto, cuando se le dio por fumar toscanitos
Génova, el aliento que tenía por las noches, cuando se acercaba a darme el beso
de despedida, era insoportable. Es duro decirlo, pero es así. Era como si
hubiesen destapado una cisterna cenagosa, con agua estancada, con aguas
servidas, una mezcla de solución biliosa con aroma a animal muerto.
Era feo. Con el tiempo le daban
accesos de tos muy fuertes. Ella decía que era culpa de la pelusa de las
bolitas de los paraísos, esos árboles que, en verdad, le han arruinado los
pulmones a más de un rosarino. Y luego, años después, le echaba la culpa a ese
polvillo que llegaba desde el puerto, cuando los barcos cargaban cereal, no sé
cómo le llaman. Tomaba miel, entonces,
para suavizarse la garganta. Comía pastillas de oruzus. O iba a buscar huevos a
la terraza para mezclarlos con coñac y quitarse la carraspera, y allí es cuando
yo solía encontrarla tirada en el gallinero. Tenía linda voz mamá, muy
cristalina, y solía cantar una canción que hablaba de la hija de un viejito
guardafaros, que era la princesita de aquella soledad. O esa otra que decía
"en qué se mete, la chica del diecisiete".
Pero se negaba a culpar al tabaco
por su tos, cuando parecía que iba a escupir los dos pulmones a cada momento.
Se le salían los ojos de las órbitas y lagrimeaba. Nunca la vi lagrimear por
otra cosa a ella. Era muy alegre y ponía al mal tiempo buena cara. De inmediato
mezclaba coñac con leche bien caliente, y decía que eso le calmaría la picazón
de garganta, producida por las bolitas de paraíso.
Yo sabía perfectamente que ése
era un remedio para bajar la fiebre, pero ella se tomaba tres o cuatro vasos y
luego me decía que se sentía mejor. Cantaba para demostrármelo. Pero son cosas
que, tarde o temprano, afectan a una persona. Tiempo después, de grande, a mamá
se le habían caído dos uñas de los dedos de la mano derecha por la nicotina y
al respirar se le escuchaba un crujido, como el que hace un sillón de mimbre al
recibir el peso de una persona. Se agitaba con facilidad y casi no podía subir
los veinte escalones hasta le terraza. Sin embargo, sin embargo, yo creo que el
problema de mamá no era el tabaco. Era el juego.
Ella sostenía que nunca jugaban
por plata, con sus amigas, tía Eve, Zulema y las hermanitas Mendoza. Se
encontraban una vez a la semana en casa de Zulema, casi siempre, y jugaban a la
canasta uruguaya. se pasaban, a veces, seis o siete horas jugando. "Es mi
único vicio", decía mamá, y tal vez fuera cierto. Ella decía que el vino y
el tabaco constituían, apenas, rasgos de personalidad.
Lo cierto es que muchas veces desaparecían
cosas de casa. Adornos, jarrones, espejos o ropa de ella misma, y yo estoy
seguro de que eso sucedía porque eran cosas que perdía en el juego con sus
amigas. Reconocí, un día, un prendedor con forma de lagarto, muy lindo,
verdecito, que le había regalado mi padre para el Día del Empleado Bancario, en
la pechera de Marilú, una de las hermanas Mendoza.
Yo no me animé a decir nada, pero
mi hermana sí le preguntó, y Marilú dijo que se lo habían regalado, que eran
muy comunes. Que si uno en Casa Tía, por ejemplo, compraba cosas por más de un
determinado valor, le regalaban uno de esos prendedores de lagarto. Era difícil
de creer. Como cuando Zulema apareció con una estola, una boa símil zorro que a
mí me impresionaba de chico porque tenía la cabeza disecada del animal sacando
un poco la lengua que, sin lugar a dudas, era la misma boa que había sido de
mamá. Mamá me dijo que se la había regalado a Zulema para su cumpleaños, pero
yo no le creí. Lo mismo pasó con la bicicleta de Elena y creo que ésa fue otra
de las cosas que mi hermana no pudo digerir y la llevó a irse de la casa.
Aunque, en rigor de verdad, mi hermana ya hacía mucho que había dejado de andar
en bicicleta cuando sucedió aquel asunto, pero lo mismo se enojó.
Para
mamá fue un golpe fuerte cuando le
prohibieron la entrada al otro hospital, el Vilela. Ya en el Clemente Alvarez
le impedían leerles a los enfermos, a partir de aquel problema con el
portuario, y más que nada cuando decidió leerle La peste, de Camus, a un grupo
que estaba en terapia intensiva. Entonces optó por ir al Vilela y jugar a los
naipes con los internados, para entretenerlos. Supe que eso iba por mal camino
cuando volvió a casa con un papagayo enlozado, casi nuevo. Me negó que se lo
hubiera ganado a un tuberculoso en una partida de monte criollo. Insistía en
que se lo había regalado un viejito nefrítico que estaba enamorado de ella.
Admito que, de última, se había vuelto bastante mentirosa.
"Imaginativa", decía ella, riéndose de mis reproches. Porque siempre
me negó que ella jugara con los enfermos por dinero. Pero solía ganarles cosas
valiosas a los pobres viejos. Bastones, piyamas, radios portátiles, cosas que
significaban mucho para ellos. "Me sorprende de vos -le dije un día-.
Siempre fuiste una persona muy buena y amable con la gente." Se puso
seria. "Son viejos enfermos, terminales algunos, indefensos", le
insistí. Fue la primera vez, podría jurarlo, que percibí una arista dura en sus
palabras. "Las deudas de juego se pagan", me dijo, y encendió un
Avanti.
Cuando perdimos
el departamento y debimos mudarnos a uno mucho más chico, fue demasiado para
mí. Ella decía que mi padre y Elena ya no estaban con nosotros, y que era al
divino botón mantener un departamento tan grande como el de la calle Catamarca.
Que a ella le costaba mucho cuidarlo, limpiarlo y arreglarlo. Pero yo sabía que
eran todas mentiras. Que había perdido el departamento en una partida de pase
inglés jugando en el subsuelo del Club Náutico Avellaneda. Me fui a vivir,
entonces, con Mario, un amigo. Me costó sangre, porque he querido muchísimo a
mi madre. Aún la quiero.
La última vez que la vi la noté
mal. No nos vemos muy a menudo. Está muy encorvada, los ojos salidos de las
órbitas y su piel luce un color grisáceo arratonado. Sigue, de todos modos,
siendo una persona encantadora, de risa fácil y trato jovial. La vi tan
desmejorada que me tomé el atrevimiento de llamar al doctor Pruneda para
preguntarle por su salud. El doctor Pruneda me tranquilizó. Me dijo que mamá
está muy bien. Demasiado bien para sus vicios. Pero me dijo que el problema de
ella no es el alcohol ni el tabaco ni el juego. Y me dio el nombre de una
enfermedad. Ninfomanía, me dijo. Y reconozco que no quise averiguar nada más.
Incluso ni siquiera le pregunté a Carlos, que está estudiando medicina y hubiera
podido explicarme. Pero él se pone como loco cuando le toco el tema de mi
familia. No sé, por lo tanto, qué significa esa palabra que me dijo el médico
ni quiero saberlo. Temo enterarme de que a mi madre le queda poco tiempo de
vida. Y prefiero guardar en mi memoria, en el recuerdo, esa imagen que siempre
he tenido de ella. Esplendorosa, vital, encantadora, cariñosa y alegre.
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